El canto del cisne. El Museo de Orsay de París en Madrid

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Jean-Léon Gérôme, La pelea de gallos, 1846, París, Musée d’Orsay © RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Stéphane Maréchalle

Una leyenda antigua afirma que, en los últimos instantes de su vida, el cisne emite el canto más melodioso como premonición de su propia muerte. En la exposición de la Fundación Mapfre, el cisne es la pintura académica, que antes de morir —o ser asesinada— en el siglo XX debido al auge de las vanguardias, nos dejó magníficas obras que recogen toda la tradición anterior y, a la vez, la renuevan.

La muestra acoge 84 pinturas de artistas franceses de la segunda mitad del siglo XIX, provenientes del Musée d’Orsay de París. Cabe señalar que la mayoría de ellas no se exponen en este museo, sino que están en los almacenes, por lo que esta es una ocasión única para poder contemplarlas. Responden a la línea dictada por la Real Academia de Pintura y Escultura, y por tanto a un ideal considerado como “clásico”, que busca alcanzar la perfección formal. Son obras con gran peso del dibujo frente al color, composiciones armónicas y pincelada plana. En este sentido, son agradables a la vista y dan testimonio de la elevada capacidad técnica de sus autores, pero ciertamente carecen de sentimentalismo. Es el viejo debate entre la forma y el contenido y entre la razón y el corazón, que en este caso se zanja con una apuesta por los cánones establecidos en el Siglo de las Luces. Sin embargo, a mi parecer no debemos caer en el tópico contemporáneo de juzgar a los artistas del Salón de los Rechazados como “los buenos”, los que se atrevieron a romper con las normas y propugnaron la libertad pictórica abriendo las puertas a todo el arte posterior; y a los del Salón de París, entre los que se cuentan los autores de las obras de esta exposición, como “los malos”, unos hombres intransigentes y anticuados sin aptitudes creativas. Es una percepción terriblemente simplista; y es que la pintura académica también experimentó su propia evolución, tal y como se trata de poner de manifiesto a lo largo del recorrido organizado por Mapfre.

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Alexandre Cabanel, La muerte de Francesca de Rímini y de Paolo Malatesta, 1870, París, Musée d’Orsay © RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Adrien Didierjean

La primera sala está dedicada a la Antigüedad, un tema que había fascinado a los artistas desde el Renacimiento. La novedad que podemos apreciar aquí es que no se representan escenas épicas y gloriosas, sino de la vida cotidiana en la sociedad grecorromana, que se estaba empezando a conocer en profundidad en esta época gracias a los descubrimientos de la Arqueología. El segundo tema es el desnudo, que era un pilar fundamental en las enseñanzas de la Academia; pero estos artistas van más allá de un aséptico estudio anatómico, cargando los cuerpos de una gran sensualidad. Eso sí, siguen buscando la belleza en la proporción e insertando los desnudos en escenas de carácter mitológico. Respecto a la pintura histórica, uno de los tres grandes géneros tradicionales junto con la religión y los mitos, sigue teniendo un papel preeminente. No obstante, es una historia más humana, que se centra en los dramas y la decadencia de las sociedades, como consecuencia de la propia situación convulsa de la Francia de aquellos tiempos. Por otro lado, el anticlericalismo da lugar a toda una corriente de pinturas sobre las maldades de la Inquisición española. En cuanto al retrato, un género que nunca ha pasado de moda desde el siglo XV hasta nuestros días, subsisten tres tendencias: la del retrato de aparato tradicional —aunque con menos boato—, la que da entrada a nuevas tendencias y, por último, el retrato psicológico. El quinto apartado es la pintura religiosa, que quizá es la que más se vio obligada a reinventarse para adaptarse a las nuevas necesidades; pervive especialmente como refugio de los artistas en los momentos dolorosos. Después tenemos la pintura orientalista y los paisajes, y llegamos al tercero de los grandes temas, la mitología. En este aspecto, los pintores por lo general dejan de lado los mitos más tradicionales, prefiriendo otros más oscuros y violentos. No solo se basan en los escritores clásicos, sino también en autores posteriores como Dante, lo que les permite una mayor riqueza y detalles. La penúltima sección se titula “la transfiguración de la lección académica”, y en ella se muestra cómo algunos de los propios pintores académicos se separan de la institución y abrazan las nuevas tendencias, creando una pintura que fusiona ambas realidades. Finalmente, con Las oréades de Bouguereau y Las bañistas de Renoir se quiere incidir en cómo los pintores tradicionales y vanguardistas se dan la mano y se influyen mutuamente, siendo ambas corrientes fundamentales para la Historia del Arte.

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Jacques-Émile Blanche, Retrato de Marcel Proust, 1892, París, Musée d’Orsay © RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Hervé Lewandowski

Desde una perspectiva más técnica, he visto aspectos positivos y negativos. Por una parte, a pesar de abarcar dos plantas, era sencillo seguir el orden lógico del recorrido gracias al código de colores de las salas. Pero había dos problemas: primeramente, las aglomeraciones en determinados puntos que hacían difícil pasar y ver las obras (supongo que es la contrapartida de que la entrada sea gratuita) y, por otro lado, la falta de carteles explicativos. Muchas obras tratan temas no demasiado conocidos para el público medio y es imposible entender bien su significado. Por ello, más que recomendable considero casi imprescindible, antes o después de contemplar las pinturas por cuenta propia, apuntarse a una visita guiada, también gratuita. O bien, adquirir el catálogo (39’90 €), que incluye una exhaustiva descripción de todas las obras de la exposición, además de la biografía de los pintores y varios ensayos sobre la pintura académica; una obra cuidada y contundente, con amplia bibliografía.

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Léon Belly, Peregrinos yendo a La Meca, 1861, París, Musée d’Orsay © RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Franck Raux / Stephane Marechalle

En resumen, estamos ante una serie de obras que no se caracterizan por ser novedosas en cuanto a estilo o temática, sino por reinterpretar ambos sutilmente. Sobre todo, esta exposición es un deleite para los sentidos, si aún somos capaces de apreciar la belleza de lo equilibrado y lo armonioso en un mundo en el que triunfa lo chocante.

Título. El canto del cisne. Pinturas académicas del Salón de París. Colecciones Musée D`Orsay

Fechas: del 14 de febrero al 3 de mayo de 2015

Sede: Fundación Mapfre. Sala Recoletos

Más información: http://www.exposicionesmapfrearte.com/exposiciones/es/elcantodelcisne/

Paola Petri Ortiz

1º de Historia + Historia del Arte.

USPCEU

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